
Eran las tres de la madrugada en Kuala Lumpur y yo tenía puesta la camiseta. A pesar del calor y la humedad. A pesar de estar sentada sola en el sofá, sin que nadie me viera. La misma que uso hoy en Cascais, la misma que usé hace cuatro años con 18 grados bajo cero en Seúl.















