Jue. Jul 29th, 2021

La partida de Menem y la Argentina cambiante (el peor después de los K)

Mientras que el kirchnerismo se indigna por la corrupción menemista, Magioncalda realiza un análisis histórico del Presidente que se fue.

El fallecimiento del ex Presidente Carlos Saúl Menem ha concitado ciertas reivindicaciones de su gobierno y de su persona que están más cerca de la mitología que del rigor histórico.

Menem fue, ante todo, un peronista. Un típico peronista que gobernó una provincia de características feudales, con una fuerte impronta estatista por él mismo propiciada.

Quizá su recorrido fue inverso al de los K. Néstor y Cristina arrancaron como los mejores alumnos de Cavallo y terminaron en el estatismo extremo. Menem, en cambio, desde la Presidencia de la Nación, desandó su trayectoria política y apostó claramente a la libertad económica, impulsando medidas –en muchos casos necesarias- pero carentes de una mínima red de contención, que trajo más pobreza y un desempleo sin precedentes.

A esta política, cínicamente, el propio “Carlo” la bautizó “cirugía mayor sin anestesia”. Pero fue el propio Menem quien selló el fracaso de sus políticas cuando todo ese afán modernizador fue contrarrestado por las dos variables del atraso que siempre han formado parte de los gobiernos peronistas: la corrupción y la falta de institucionalidad.

La mayoría automática en la Corte Suprema, mediante la ampliación del máximo tribunal y la designación de magistrados, en muchos casos amigos, le permitió contar con un Poder Judicial adicto. Así, mientras la Corte le garantizaba vía libre para cualquier aberración jurídica, los famosos “jueces de la servilleta”, desde Comodoro Py, garantizaban impunidad a los funcionarios de su gobierno. De esta manera se instaló la corrupción estructural y a gran escala en democracia.

Sumado a ello, su repudiable costumbre de gobernar por decreto y la sanción de una ley de privatización mediante el empleo de un “diputrucho”, nos hablan de un deterioro institucional gravísimo que sólo fue superado por el kirchnerismo.


Los indultos a militares y a terroristas –silencio mediante de quienes, en ese entonces, gobernaban Santa Cruz- sumado a la actitud encubridora del Estado respecto de los ataques perpetrados en el país por el fundamentalismo islámico, dejan a las claras la ausencia de compromiso con los derechos humanos que primó en aquellos años.

Quizá el impulso de las leyes que propiciaban indemnizaciones para víctimas de delitos de lesa humanidad fue una manera de compensar su política indultadora. De lo contrario, no se explica por qué motivo Macri sufrió mucho más que Menem las trapisondas de la secta de los derechos humanos.

Vivimos en aquellos años los primeros atisbos de utilización partidaria de la publicidad oficial: el “Menemtrucho” impreso en la Casa de la Moneda y el famoso spot “Menem lo hizo”, editado también con recursos públicos. Poco, comparado con lo que el kirchnerismo trajera luego, en esta materia, aunque no por ello irrelevante. Tímidamente se reinició el camino de la confusión entre Estado y Partido impulsado por el primer peronismo.

La venta de armas a Croacia y Ecuador, la relación con Yabrán, el asesinato de José Luis Cabezas, la explosión de Río Tercero, la connivencia estatal con los atentados (política continuada por CFK, mediante el Memorandum celebrado con Irán), los primeros casos que vincularon al narcotráfico con un gobierno nacional, la innecesaria instalación de una pista de aviones en Anillaco, los sobresueldos, y otras tantas causas seguidas a los funcionarios de aquella época, como María Julia Alsogaray, que fue correctamente juzgada y condenada, aunque muy probablemente, de haber sido peronista, hubiera corrido otra suerte. En fin, el menemismo desoyó aquella interesante propuesta de Barrionuevo cuando sostuvo: “tenemos que dejar de robar por dos años”.

Desde ya que Menem tuvo aciertos como el de eliminar para siempre los levantamientos de carapintadas (acierto que costó sangre) o eliminar el servicio militar obligatorio (luego del horrible homicidio del conscripto Carrasco) y que consiguió que tuviéramos servicios públicos más modernos (aunque controlados por entes reguladores ineficientes). Pero tales aciertos, en los que no incluyo la convertibilidad (porque fue una ficción que no desactivó a tiempo, costándole su propia derrota, y determinando la salida temprana de De la Rúa) no alcanzan para consagrarlo como el mejor Presidente de la recuperación democrática.

A todo esto, cabe agregar que el afán de Menem por su perpetuación en la Presidencia, aún desvirtuando el sentido de la reforma constitucional, lo llevó a vulnerar la ética republicana y presentarse como candidato para una “RE-RE”, al mejor estilo Evo Morales.

Resulta extraño, entonces, que algunos actuales opositores que suelen decir “la grieta es moral”, reivindiquen a este personaje porque se acerca más que el kirchnerismo a sus convicciones ideológicas. Y más aún, cuando no puede obviarse que el propio Menem acompañó a los K durante los últimos años.Pese al disfraz ideológico, que los peronistas suelen ponerse y sacarse con la misma frecuencia que los calzoncillos, Menem fue el germen de lo que hoy vivimos. Y si no ha de ser recordado como el peor presidente constitucional de la última era democrática, es porque el kirchnerismo vino después.

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