Mié. Sep 23rd, 2020

La obsesión del cristinismo por usar a los muertos

En su libro Sinceramente, Cristina Kirchner se explaya sobre la muerte del fiscal que la había denunciado, Alberto Nisman, de la siguiente manera: «Por investigaciones posteriores, fotografías y testimonios se reveló la verdadera vida del fiscal Nisman: acompañantes pagas, fiestas, modelos y viajes al exterior. Supimos que iba todos los jueves a un club nocturno llamado Rosebar —allí se ejercería la prostitución VIP—, donde tenía una mesa en la que gastaba miles de pesos por noche. Era tan habitué que se la identificaba como la “mesa Nisman”.

En las páginas siguientes, se refiere a otra muerte que sí la conmovió; la de Santiago Maldonado: «Un joven tatuador que en solidaridad con los mapuches un día, no meses… un día, cortó una ruta lejana y solitaria de la Patagonia, no sólo nunca será senador, sino que tampoco ya nunca será hijo, ni hermano, ni padre, ni nada…«

En esa misma tesitura, se expresó sobre el jubilado Vicente Ferrer, utilizado en sus redes sociales para hacer política partidaria en medio de la campaña presidencial del 2019 que la regresaría al poder real de la Argentina.

«Vicente Ferrer tenía 68 años y había robado medio litro de aceite, medio kilo de queso y dos chocolatines en el Coto de San Telmo. La seguridad privada de Coto lo mató a golpes por comida. ¡Dios mío!… Cuanta maldad… Cuanta crueldad. Es demasiado… se indignaba Cristina Kirchner en agosto del año pasado.

Pero la historia de Ferrer no era como la contaba Cristina Kirchner y sus adláteres. El jubilado había murió a metros de la sucursal del supermercado COTO ubicado en Brasil al 575, barrio de San Cristóbal. Sufría demencia senil. Se había llevado un queso, un aceite y un chocolate sin pagar. Dos empleados del supermercado quisieron detenerlo. Hubo un forcejeo y el hombre terminó muriendo. La policía de la Ciudad intentó reanimarlo pero era tarde. Un oportuno fotógrafo militante subió las fotos a las redes con un mensaje en el que acreditaba la “dura golpiza” de los empleados del supermercado y que la policía lo había increpado por fotografiarlos. Pero en la foto no se veía el momento de la agresión que fue reproducida por Cristina. La candidata tuiteó, inmediatamente, y vinculó el hecho con la recesión económica. La ex periodista Gabriela Cerruti organizó una marcha por las calles del barrio responsabilizando al empresario Alfredo Coto y al Jefe de Gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta. Conversé con comerciantes de la cuadra que no coincidían en lo que realmente había sucedido. Algunos, incluso, defendían a los empleados de Coto. La hermana de uno de ellos, en aquel momento, me dijo en radio que estaba indignada con el escrache mediático y la utilización política del desafortunado hecho. Su enojo estaba dirigido a Cristina Kirchner. La justicia le terminó dando la razón.

Tres años después de la muerte de Santiago Maldonado, el kirchnerismo aún intenta presionar a la justicia de Chubut para que la causa judicial se encamine a “su verdad”: Desaparición forzosa, seguida de muerte.

Pero esa épica y sentimentalismo del discurso K se paraliza y se enfría cuando se trata de muertes inconvenientes. De la Tragedia de Cromañón a la masacre ferroviaria de Once pasando por Mariano Ferreyra, el militante asesinado por la patota del sindicalista Pedraza. Es un caso más de reinvención de la historia. La actual vicepresidenta aseguró que la bala que lo había asesinado, había rozado el corazón de Néstor Kirchner. El verso estuvo acompañado de la cooptación de parte de la familia para que dejase las calles y se sumase a la política partidaria.

A las más recientes muertes de Facundo Astudillo o Luis Espinoza en Tucumán, se suman otros casos de violencia institucional en el interior del país que este portal viene siguiendo desde el minuto uno de la cuarentena eterna.

La doble moral se refleja en los actos de gobierno, en sus decisiones político, económico y sociales. Sin embargo, se expresa de una manera vergonzosa en la muerte. Es ahí donde el cristinismo y sus bufones muestran la peor de sus caras.

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