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Es un plan

Para entender que está pasando,  es imprescindible partir de una premisa tan obvia como silenciada: el gobierno, es decir CFK y sus seguidores (ya casi cuarentones y fogueados en el poder), tienen un proyecto que empezó en 1987 en Santa Cruz y llega como mínimo a Máximo Presidente, o sea hasta 2031.

Tienen la experiencia y el dinero para hacerlo y han seducido antes o después de las elecciones a algunos aparentes opositores que les dan mayoría en Diputados o les son funcionales. En definitiva se han dado cuenta de que la ambición y el miedo les permite controlar a sectores que en otros países se han enfrentado con coraje y éxito a delirios omnipotentes similares a los suyos.

También saben que la Argentina está culturalmente acostumbrada a vivir 30 ó 40 años retrasada del resto del mundo y eso facilita instaurar regímenes populistas de museo y además, hereditarios. Conocen a una sociedad partida, en la que una mayoría del 70% descree del Estado pero al mismo tiempo festeja las estatizaciones con la misma alegría suicida que festejó el default del 2002.

El Coronavirus les ha hecho el favor de aterrorizar a una población que, como cualquier grupo humano que se siente amenazado desde el exterior, busca un líder que lo proteja aunque sea a costa de su libertad. Pero hay un obstáculo para el sueño de eternidad de la dinastía Kirchner: la endémica incapacidad de las dirigencias argentinas para crear riqueza ha llevado al pais a un colapso que está en las calles y pasará casi desapercibido mientras la gente sea  mantenida encerrada para impedir contagios, pero explotará cuando algún día termine nuestro encierro.

Esta virtual “domiciliaria” no puede ser eterna y para peor agrava la crisis económica y lleva la pobreza a niveles altísimos. La ventaja política de ese colapso es obvia: ningún país próspero admite ser sojuzgado. Por eso, cuanto peor, mejor: todas las dictaduras nacen de una crisis, no de la prosperidad. El problema es que quienes gobiernan -los k- serían  precisamente quienes aparecerían como los salvadores y ni el mas despistado dejaría  de dudar de su eficiencia gubernativa salvo… que haya uno o mas enemigos a los que imputarles todas las culpas. La absurda “soberanía alimentaria” es en realidad el inicio de una sagaz y perversa estrategia del gobierno para evitar su propio descrédito por el colapso que inevitablemente se percibirá cuando termine la cuarentena.

Hay que buscar responsables y enemigo‪s con poca o ninguna capacidad de defenderse y por eso toda la culpa será del Covid y también de las empresas productoras, distribuidoras y comercializadoras de alimentos, la mayoría ligadas a los dos villanos inventados por la izquierda con total éxito: el sector agropecuario y el sector industrial. Entonces, el gobierno con su inefable dedo índice levantado como mástil de su bandera reivindicativa, invocando el sagrado objetivo de  “salvar al pueblo del hambre” intervendrá cuanta empresa le convenga a sus negocios y negociados, porque ya probaron la dulce impunidad del choreo excusado en fondear la actividad política.

Mientras tanto, aplastará los precios de los alimentos y algunos derivados a costa de la destrucción del sistema productivo, que políticamente ven como un reducto enemigo.‬ ‪Los medios pautados estarán callados y el miedo económico y físico mantendrá silenciosos a muchos otros sectores y personas.‬ Ya pasó en otros países y Argentina tiene condiciones ideales para que se repita el proceso aquí.‬ Porque para colmo, la cada vez mas probable caída de Maduro sacará a Venezuela de tres posiciones clave, en los que algún país deberá reemplazarla: para financiar el desastre cubano; para ser un narco-estado que sirva de trampolín seguro al narcotráfico y para convulsionar Sudamérica, demasiado rica y potencialmente beneficiosa para EEUU si se pacifica, perjudicando geopolíticamente a Rusia y a China. Ese país puede ser la Argentina. Estamos frente a un desastre del que solo puede salvarnos Una mezcla adecuada de coraje e inteligencia.

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