dom. Jun 7th, 2020

El virus de la frivolidad

Un intendente que baila en plena pandemia, el hijo de un Presidente que juega al DJ desde Olivos y las dos caras de la frivolidad.

Merlo es el quinto distrito en el conurbano bonaerense con infectados por coronavirus. Lo superan La Matanza, Quilmes, San Martín y lo supera Pilar por un par de casos. Es uno de los distritos más pobres de la Argentina. Su intendente suele subir videos cantando alegremente, le encanta aparecer en televisión rodeado de celebrities y en las últimas horas bailó para sus fans acompañado de su bella familia.

Tiene todo el derecho del mundo a ser feliz pero es intendente y en su distrito miles de ciudadanos la están pasando mal. No todos tienen la suerte de Menendez de contar con un amplio living para bailar. Ni siquiera tienen cloacas, agua potable o luz eléctrica.

Mientras el Presidente Alberto Fernández anunciaba la cuarta etapa de la cuarentena obligatoria, su hijo jugaba al DJ por redes sociales desde la Quinta de Olivos tal como publicó PeriodismoyPunto https://periodismoypunto.com/2020/05/cuarentena-tras-la-conferencia-de-alberto-fernandez-su-hijo-musicalizo-una-fiesta-desde-olivos/ con absoluto respeto. Nadie duda que el hijo del Presidente tiene todo el derecho del mundo a hacer lo que quiera con su vida. El problema es que está en la Quinta de Olivos y en tiempos en que miles de comerciantes nunca más abrirán sus locales, ciudadanos pierden sus empleos o no tienen qué comer.

Ya nadie recuerda la Mesa del Hambre. Ni siquiera sus socios fundadores. La Argentina frívola observó impávida como uno de sus integrantes huía de Capital Federal en avión privado para pasar una cómoda cuarentena en Esquel. Marcelo Tinelli es uno de los símbolos más grandes del virus de la frivolidad. El que atacó a Cristina Kirchner cuando bailó con Moria Casán y su hija en Plaza de Mayo mientras la policía tucumana reprimía manifestaciones ciudadanas y otros compatriotas morían por los saqueos de diciembre del 2013. La sensibilidad de la comunidad artística afin al kirchnerismo se tomaba un descanso en esos caóticos días. Peor aún, estaba bailando hasta que las velas no ardan.

Hubo un tiempo en que uno de los comunicadores más populares del país organizaba una campaña para quemar los discos de Shakira porque estaba de novia con el hijo del Presidente Fernando De la Rúa. La Argentina tenía menos pobres que los que dejará el coronavirus y la cuarentena. Pero la clase media explotaba por no contar con sus ahorros. Los escándalos matrimoniales y coqueteo con la farándula de Carlos Saúl Menem fueron celebrados por comunicadores como Tinelli. Es una prueba que la frivolidad es criticada depende quién sea su protagonista o quién pague.

Los portales de Internet y medios de comunicación que supieron ejercer un periodismo crítico hoy reciben millones de pauta oficial para subsistir. Nadie puede culparlos. No es lo mismo dirigir un portal con 10 periodistas que tener la responsabilidad de pagarle el suelo a 150, 500 o 100 personas. Pero, en estos tiempos han aceptado todo y enterrado las lecciones que solían darnos.

Del codo a codo de Alberto Fernández a los looks de Fabiola Yáñez, de los tuits que contesta el Presidente a los que contesta su hijo, del “estamos ganando” al virus como si estuviésemos en las Malvinas a la persecución al que critica la cuarentena como si fuese un asesino. De las noticias inventadas a la mentira más descarada. De las listas negras a los periodistas críticos al macartismo tuitero en el PRIME TIME de C5N o Crónica TV.

El coronavirus, el encierro y la cuarentena deberían dejarnos algunas enseñanzas. No sólo hay que ser sino parecer.

Parte de la clase dirigente no parecen haberlo aprendido. Disfrutan el poder y, más aún, el control social más absoluto.

Algunos colegas olvidaron los criterios de noticiabilidad y decidieron colgar el traje de periodistas para convertirse en voceros de un Presidente y sus funcionarios.

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