dom. Sep 15th, 2019

EXPRESO DE MEDIANOCHE. ESCALOFRIANTE RELATO SOBRE CÓMO ERA VIVIR EN LAS PRISIONES ALEMANAS: RESILIENCIA DE UNA MUJER EN LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

La increíble peregrinación forzosa de la madre de la primera beba inglesa nacida en una prisión de guerra alemana en la Segunda Guerra Mundial.

Por Frances Evans

Fue recién en ese preciso instante en que Joan pudo sentir, por primera vez desde el fatal día  en enero de 1941, algo parecido a la paz.  Allí, en esa triste pieza dentro de la prisión donde luego de catorce horas de trabajo de parto había dado a luz a la niña que sostenía en sus brazos, recién allí mientras veía en la beba las mismas facciones y el color cobrizo del cabello del gran amor de su vida, reconoció que por fin llegaba algo de sosiego a su corazón.  Y fue entonces que su mente la llevó a recordar todo lo sucedido.  El bombardeo y hundimiento, por parte de un corsario alemán, del barco en el que viajaban a Inglaterra ella y su esposo voluntario, la inesperada condición de prisioneros de guerra, el arribo a Burdeos en la Francia Ocupada, el horror de recibir la noticia que a Frank lo habían matado, el entierro en el cementerio adonde había sido llevada caminando detrás del ataúd, bajo la lluvia, la ayuda de la Cruz Roja Francesa para la colocación de una cruz en la tumba, y luego las diez cárceles y prisiones de guerra por las que tuvo su forzosa peregrinación.

Archivo de la época. A la derecha, Frances y su madre.

Primero fue una cárcel en Eysines cerca de Burdeos, en el sudoeste de Francia.  Luego el largo viaje en tren de prisioneros (sin ventanillas) hasta el nordeste de Alemania a un Stalag en Sandbostel, lugar en que mantenían prisioneros a los soldados del ejército británico adonde se le quitaron las mínimas pertenencias. La misa anglicana que pudo compartir, y la designación por parte de los nazis por ella desconocida, a su destino final.  Luego trasladada a una cárcel en Bremen junto con otras mujeres prisioneras mayormente capturadas de otros naufragios sólo por poseer pasaporte británico. La celda era minúscula con un solo catre adonde dejaron recostar a la mayor de las señoras, mientras Joan de veintisiete años y dos más durmieron en el piso de cemento.  

Luego, una prisión en Hannover, seguida por otra en Kassel.  Sólo en una permitieron salir a las prisioneras a un patio a tomar aire, pero tenían que caminar en fila india y no podían hablar entre ellas.  La próxima fue una prisión en Frankfurt, el único lugar en que les dieron algo de comida interesante: salchichas.


Arturo Gonzalez, quien llevó a la familia de Frances, cuándo ya estaban en Argentina, una nota escrita por Frank antes de su fallecimiento

En todas las prisiones anteriores y posteriores, salvo la última les daban pan duro, un pedazo de queso con olor nauseabundo y una pequeña vasija de café sustituto que parecía agua sucia.  De Kassel fue llevada, junto con sus compañeras de infortunio, a quizás la peor de todas las prisiones en Stuttgart.  Allí fueron trasladadas al primer piso de un edificio y puestas en jaulas pequeñas individuales en una gran sala.  Podían ver a la jaula que tenían enfrente pero no a los costados, ya que había chapas de metal entre cada jaula.  Dichas chapas no llegaban al piso, había una pequeña abertura por la que se pasaban el tacho en el que debían hacer sus necesidades fisiológicas. 

Así fue en todas las celdas y prisiones, siempre el tacho que había que compartir.  Fueron varias las que fallecieron por infecciones.   Después fue Munich, en iguales pésimas condiciones, seguida por otra que Joan nunca pudo recordar en qué pueblo fue.  Todos los viajes de un lugar a otro fueron mayormente en tren de prisioneros y algunas veces en camiones como ganado.  

Y finalmente un tren las dejó en la estación de Tettnang, un pueblo de Ravensburg al sur de Alemania, muy cerca del lago Constanza que divide dicho país de Suiza.  Desde la estación las hicieron caminar algunos kilómetros hasta Liebenau, un enorme neuropsiquiátrico que había sido adecuado para albergar a más de trescientos cincuenta mujeres prisioneras.  Hitler había hecho ejecutar a unos quinientos de los internos más peligrosos, para hacer lugar a las prisioneras. 

Allí, por fin, pudieron contar con ayuda de la Cruz Roja quienes les hicieron llegar paquetes enviados por familiares y ayuda humanitaria.  También por primera vez, pudieron higienizarse, no habiendo visto nunca en todos esos meses, más que los tachos para sus necesidades y alguna canilla de vez en cuando para enjuagarse las manos.  El Instituto Liebenau era administrado por monjas francesas pero con guardias del Ejército Alemán.  Y fue allí, en el mes de agosto, que Joan primero sintió que llevaba un ser en su vientre.  Ese ser tardó diez meses en llegar debido a la desnutrición y maltratos que había sufrido Joan. 

El 5 de diciembre de 1941 a las cuatro de la tarde, Joan observaba a su niña y recordaba todo lo que había sucedido en esos terribles meses, sin saber que aún le quedarían otros once meses de detención junto con su beba Frances, hasta que lograran conseguir el intercambio de prisioneros que fue llevado a cabo en el Estrecho de Bósforo, hasta donde llegaron desde el sur de Alemania, en otro tren de prisioneros en el que se llenaron de piojos. 

Frances. Pasó por el infierno de las cárceles del conflicto bélico más importante del siglo XX.

Fue en Turquía que Joan volvió a respirar el aire de la libertad.  Frances, la experimentó por primera vez.  De Turquía fueron en tren al Cairo en Egipto, luego por barco a Sudáfrica para embarcarse en el “José Menéndez” hacia Buenos Aires, Argentina, adonde esperaban recibirlas los padres de Joan que vivían en Rosario. 

Llegaron a la República Argentina en febrero de 1943.  En 1945, cuando Frances ya tenía cuatro años, Joan recibió en la casa de sus padres a un señor,  Arturo Gonzalez, quien le traía una nota escrita por Frank antes de su fallecimiento.  Este señor argentino también fue prisionero de los alemanes y no fue liberado hasta la finalización de la guerra. En todos esos años guardó la nota entre sus ropas y al llegar, cumplió con su promesa y la entregó.  Joan nunca olvidó ese loable gesto.  Actualmente se está intentando ubicar a los descendientes del Sr. Gonzalez, quién era oriundo de Las Heras, Mendoza, pero pudo haber constituido domicilio en Rosario u otra ciudad.

Nota de la autora:

Mi madre contaba a sus amigos que después del parto, cuando se despertó de lo que ella decía era un gas con el que la habían dormido, ya que me tuvieron que sacar con forceps, le dijeron que había dado a luz una niña.  Ella, que siempre estuvo convencida que iba a ser varón y que si no lo era sería porque le habían cambiado el varón por una nena, desesperada empezó a gritar en alemán “Nein, nein, ein tochter nein, ein sohn” (No, no, una hija no, un hijo), hasta que me pusieron sobre su pecho y me miró detenidamente, ahí se dio cuenta que era idéntica a mi padre.  Terminaba el relato diciendo “Me tuve que quedar con la chancleta”.

Frances Evans vive en La Cumbre, provincia de Córdoba, es autora de dos libros, Giros del Destino y En Clave de Sol. En el primero relata la vida y muerte como prisionero de su padre, Frank Evans, y la supervivencia de su madre y de ella misma.

El segundo comparte recuerdos que invitan a reflexiones actuales.

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