jue. Jul 9th, 2020

El drama invisible: los refugiados y el rol de la Argentina

En Sednaya, al norte de Damasco, Siria, vive Raneen Khabbazeh. Una joven de familia acomodada, con una mirada diferente respecto de la enorme crisis humanitaria que provoca el accionar de ISIS en su país. No considera héroes a sus compatriotas que huyen, pero cree que lo hacen persiguiendo un sueño que no alcanzarán. No los culpa, respeta las opciones, y está convencida que cambian sufrir en la patria por la indignidad del campo de refugiados. Una mirada inédita si tenemos en cuenta que sólo escuchamos a los que se van.

El gobierno argentino anunció hoy que recibirá, como parte de un acuerdo con Estados Unidos, tres mil refugiados, de diferentes países de Medio Oriente. Ante este anuncio, la idea que ocupa la mente de los argentinos, no es la del sueño de nuestros abuelos que llegaron huyendo del hambre, de otras guerras, con la sola herramienta de la capacidad de trabajo, en su mayoría con una educación básica, al menos los sirios, que son el origen de mi propia familia.

Hoy es el temor, el pensamiento que invade, las filtraciones entre esos refugiados de terroristas. Esta gente no busca sólo un futuro mejor, busca sobrevivir nada más y nada menos que a ISIS. Los ejemplos con el ingreso de refugiados a Europa e infiltrados, sobraron en el último año. Y el mundo se sacude otra vez ante una masacre propiciada por un miembro supuesto de ISIS en Orlando, Florida. Hijo de inmigrantes afganos huidos de la guerra. Trabajo en una empresa de seguridad con múltiples denuncias, incluso en su filial argentina, por abusos y maltratos a sus trabajadores. Un dato anecdótico, de una realidad trágica internacional.

“Los niños que mueren en el mar, huyeron de la muerte a la muerte”

Raneen y el terrorismo. El pueblo de Raneen, Sednaya, es conocido por el patrimonio histórico, religioso y cultural, que se caracteriza por la gran presencia de monasterios cristianos, iglesias y una comunidad que todavía habla el arameo. Sednaya ha sufrido incursiones por el norte y están bajo amenaza constante de islamistas provenientes de Yabroud y las montañas del Líbano. Raneen es una joven cristiana, con una visión menos extrema, sobre la crisis de los refugiados que transita su país y se considera a salvo. Pero no por eso, menos doliente de la realidad. “Mi familia es una familia destacada en la ciudad, todos trabajamos muy duro por vivir en la normalidad. Después de la guerra, la vida se ha vuelto difícil para mucha gente, pero en los pueblos dónde los hombres mantienen la seguridad, se puede vivir bastante tranquilos”, sostiene la joven.

Raneen y la Paz. Sólo tiene que ver con no haber perdido ningún miembro de su familia en la guerra. En las otras ciudades, dice la joven: “las milicias entran y lo arrasan todo, sólo hay destrucción y tragedia, Las mujeres no pueden alcanzar la paz, ni trabajar para lograrla, porque sólo son capaces de vivir, para sobrellevar el dolor de la pérdida de sus hijos”. “Las personas que deben emigrar, lo hacen porque sus ciudades literalmente explotaron por la guerra, no hay electricidad, ni agua, ni comida, ni hospitales, la asistencia internacional no llega, y se sienten más seguros en campos europeos, porque allí pervive la esperanza de salir y no volver a la muerte”.

Pero hay personas, señala, que emigraron sin razón, sólo porque creen que la vida será más hermosa a dónde lleguen a bordo de un pequeño bote y creen esa su oportunidad. No son pobres, en su mayoría son personas de clase media, o alta, profesionales, cuyas segundas lenguas son el inglés, francés o alemán. Se cansaron, otros se entregaron, quieren vivir en Europa.

El riesgo de que entre ellos se infiltren terroristas de ISIS, dice Raneen, es cierto y real. Son gente paciente, que pueden esperar toda la vida viviendo como tu mejor vecino hasta que tienen la oportunidad de inmolarse por su Dios. Se conmueve con la muerte de sus más pequeños compatriotas: “los niños que mueren en el mar, huyeron de la muerte a la muerte”.

Ella sabe que Siria necesita mucho tiempo y muchas vidas para la reconstrucción, aunque primero debe cesar la guerra. Su deseo más grande, que todos puedan regresar, y que las mujeres puedan trabajar para la paz, y dejar de usar su enorme fortaleza para soportar pérdidas.

Reenan Khabbazeh tiene esperanzas, “la paz debe llegar”. Agrega: “Las mujeres deben llegar a involucrarse en esos procesos, porque podemos aportar mucho. Hoy mis compatriotas viven en la vejación del campamento, dónde las condiciones son tan terribles como en las ciudades destruidas, creo que el mundo, y nosotros mismos debemos trabajar para que llegue la paz, y no para que el número de refugiados sea cada vez mayor y los campos estén cada vez más poblados. Ninguno de estos campos de refugiados cumple las condiciones que exigen los organismos internacionales para las mujeres y niños, hay hambre, violaciones, robos. Mis hermanas han huido de un horror a otro. Yo opté por quedarme”. “No voy a huir, hay personas dando su vida contra el terrorismo, para que Siria sea tranquila y maravillosa como alguna vez la vi”. “Hoy queremos y necesitamos la paz, para nosotros y para nuestros hijos y su futuro”, el pedido de la joven en medio del infierno.

La crisis de refugiados lejos de detenerse, crece, los muertos en el mar se cuentan de a cientos, lo que suma intensidad a una tragedia enorme. Hoy huyen, como dice Reenan, de una muerte segura a otra. La Resolución 1325 del Consejo de Seguridad de la ONU trata primero y principalmente de la paz y seguridad para todas las personas en el mundo. Se encuentra firmemente arraigada en la premisa de que la inclusión de las mujeres y su presencia en la mesa de negociaciones mejorarán de manera significativa las probabilidades de alcanzar una paz viable y sustentable. Sin tener en cuenta a las mujeres, a los procesos de construcción de la paz les falta sustancia y legitimidad. Esto pone en peligro su sustentabilidad, tanto en el corto como en el largo plazo.

¿Puede el mundo permitirse seguir tomando este riesgo?. La intención de la ONU es hoy una utopía. Mujeres como Raneen hoy sólo hacen frente a la guerra quedándose en su país. En vistas de la decisión del gobierno argentino de recibir refugiados y al último atentado de ISIS, en Orlando, la pregunta obligada es, ¿cuán preparados estamos los argentinos para la llegada de tres mil refugiados?. Si las potencias con la seguridad más desarrollada no pueden evitarlo, ¿cómo lo haríamos nosotros?.

De lo que si hay seguridad, es que no basta sólo con la generosidad de los corazones o los gestos políticos. Se necesita infraestructura, logística, planes de inclusión, y sobre todo, seguridad ante la amenaza del terrorismo internacional. En nuestro país existe la  Ley N° 26.165 articulada con ACNUR, Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados, por la cuál las personas que acrediten vínculos con quienes quieren refugiarse, accionan como “llamantes” de los mismos y se hacen cargo de traerlos, alojarlos y sostenerlos económicamente hasta que consiguen trabajo. Hubo algunos casos exitosos en La Rioja y Córdoba, dónde las comunidades sirio libanesas son las más grandes del país.

¿Entrarán esos tres mil refugiados por esa ley?. ¿O será el Estado Argentino quién se haga cargo? Aun no lo sabemos. El 80 % de los compatriotas de Raneen que viven en Europa no trabajan y se apoyan de la caridad del Estado. La inserción es cada vez más difícil, debido al accionar del terrorismo, el miedo y la desconfianza que ese accionar generan.

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